martes, 19 de abril de 2016

Quique González estará en el Montgorock 2016


La cuarta edición del Montgorock tendrá lugar los próximos 20 y 21 de mayo en la localidad de Xàbia (Alicante). En esta ocasión, el festival se abre al aire libre para situarse en una parcela municipal junto a La Fontana, en la zona de l’Arenal.

El cartel ya está perfilado, resaltando como primeras espadas Loquillo y Quique González & los detectives. El punto indie lo marcarán L.A., La M.O.D.A. o Arizona Baby, mientras que grupos como La Pulquería o Muchachito, entre otros, aseguran la diversión para quienes acudan a esta cita indispensable en la agenda pre-estival del levante. Igualmente, Rubén Pozo pondrá la frescura de su pop para terminar de completar un cartel variado que, de seguro, agradará al gran público.

El abono completo está a la venta al precio de 39 euros. Si optas por acudir a la cita mediante entrada de un día (viernes o sábado), estas están disponibles por 29 euros. Puedes comprarlas aquí.

jueves, 3 de marzo de 2016

Cita con The Libertines en el SOS 4.8 2016


El cartel del SOS 4.8 coge forma, apenas un mes vista de anunciar a Manic Street Preachers, con la confirmación de seis nuevos nombres. La edición de este año, dispuesta a igualar el nivelazo del curso pasado, se celebrará los días 6 y 7 de mayo en el recinto habitual de La Fica en Murcia.

Este año tendrá como principal atractivo para los amantes de lo indie a los británicos The Libertines, grupo emblemático dentro del panorama actual musical. Junto a ellos, aparecen nuevos nombres como Blonde Redhead, The Martinez Brothers b2b Seth Troxlery, Pional, Nudozurdo y Modelo de Respuesta Polar. Todos ellos compartirán cartel con artistas ya confirmados anteriormente como Chvrches, Amaral, Love of Lesbian, Kiko Veneno o Matt & Kim.

Puedes comprar tu abono para el SOS 4.8 aquí.

martes, 1 de marzo de 2016

Poesía del caos: The Libertines


«What became of the dreams we had?»

La culpa de todo la tuvo Julian Casablancas. ¿Quién le mandaría publicar aquel monumento titulado Is This It? Lo hizo en 2001, y la polvareda que levantó tras de sí no era cualquier cosa. ¿Los Estados Unidos coloreándole la cara a Inglaterra? Se van a enterar estos yanquis, pensaron en la isla. Es el orgullo anglosajón. Algún productor oteó el mapa musical británico de los últimos años en busca de El Dorado. Y por allí andaban unos chavales haciendo sus cosas. Vivían en el East London cuando todavía las inmobiliarias no se mataban por redecorar las sucias esquinas de por allí, en Hackney, justo donde la City termina y ya lejos de St. Paul. Hacía un tiempo que vagaban por pisos deprimentes, financiándose a duras penas el alquiler, las maquetas y el vicio. Nueva York estaba a punto de perder la batalla frente al Londres más mugriento y degradante que hayas conocido jamás. Los ingleses habían dado con la mezcla idónea entre los Smiths y los Clash.

La pose, habitantes de un eterno after, iba perfecta para lanzarse al estrellato: cuerpos flacuchos, vestimentas desaliñadas, actitud desenfadada y adicciones varias, que siempre le da un punto extra al asunto. Del bajo y el batería poco se ha dicho, silenciados por los otros dos componentes del cuarteto... pues resultó que Carl Barât dominaba a su antojo las cuerdas de la guitarra. Estaba en su corazón. Era puro nervio. Esta sonaba efusiva, caótica. Aquello era un tornado que acompañaba a la inventiva de uno de los grandes malditos de todos los tiempos: Pete Doherty y sus líricas composiciones. De tanto leer a Baudelaire algo se le quedó. Además, aquello le venía estupendo: el mundo (o Inglaterra) no era un lugar agradable conforme él lo sentía. Los picazos le hacían la depresión más llevadera. Eran el yin y el yang. Poeta y guitarrista. Y sonaron fantásticos en el anfetamínico y meteórico Up the Bracket (2002).

Llegaban para quedarse. O eso creíamos. Doce canciones cortas, sin frenos y de una dureza apropiada. La algarabía estaba servida. Difícil igualar el nivel de Time For Heroes, en la que Doherty se permite el lujo de reivindicar un mundo marcado por las diferencias clasistas y donde todo rezuma una vulgaridad obscena. ¿Ingleses vistiendo con gorras de béisbol? «Its not right for young lungs to be coughing up blood». Acordes para enmarcar. Es su primer gran himno. Una vez escuchada, no te la vas a quitar jamás de la cabeza. Una de tantas. Son ruidosos, pero emotivos. ¿Te arrepientes de haber iniciado aquella pelea en la que te inflaron a puñetazos? Escucha una oda a los psicotrópicos: la sórdida Up the Bracket. Siguen escupiendo poesía callejera en la antológica (y compleja) Death On The Stairs. Los versos libres se tallan así entre hermosas melodías: Boys In The Band. También hay energía, rabia y contundencia en I Get Along... cañonazos sin fin. Todo está tan mal que vale la pena jugársela: cartas boca arriba. La autodestrucción se intuye desde el primer minuto. Al menos, eso sí, les queda la música. O eso nos cuentan en The Good Old Days: «If you've lost your faith in love of music, oh the end won't be long».

Lo tenían hecho. Pero su éxito reposaba en el desamparo. Y, al final, nada bueno puede salir de ahí. El romanticismo de Doherty comenzó a descarriarse. Ya no soñaba con volver a Arcadia. Le bastaba una jeringa para calmar a sus demonios. Barât sabía que el final estaba cerca y luchaba contra el tiempo. Así, mientras bailaban en la cornisa en una tarde de viento, compusieron uno de los mejores discos de la pasada década, The Libertines (2004). Sembraban autodestrucción y crecía la emoción. En el desagradable Londres que habitaban las cosas no habían cambiado en los dos últimos años: «Poor kids dressing like they're rich, rich kids dressing like they're poor» cantan en su Campaign of Hate. Siguen golpeando, pero ya no es lo mismo. Han perdido músculo y nervio. Se sienten débiles y se refugian en unas melodías más suaves y dulzonas. Los guitarrazos se cargan de nostalgia para acompañar a unas letras hirientes. Tienen la mochila preparada antes de partir camino hacia la incertidumbre: Music When The Lights Go Out, What Katie Did y What Become Of The Likely Lads. Tres piezas tan monumentales como tóxicas. Y la cosa acaba donde comienza, en Can't Stand Me Now: «Cornered the boy, kicked out at the world. The world kicked back a lot fuckin' harder».

Después... unos puntos suspensivos interminables que contienen turbiedad de primera clase. Eran demasiado sentimentales como para sobrevivir en esa jauría de lobos. El final previsible lo marcaba un suicidio, o una sobredosis. Los fans -fetiches perdidos para este tipo de asuntos- hubiesen llorado y exaltado la figura de sus adorados Libertines. Pero no. Doherty cambió el guion. Se ha rehabilitado. Ya no le gusta la adicción como forma de vida. Está limpio (o eso da a entender) y hasta escribe columnas purificadoras en The Independent. El físico, la prueba del algodón, habla por sí solo: está hinchado y se nota que ha luchado en mil batallas... aunque, eso sí, sigue igual de lúcido que siempre. Por eso descolgó el teléfono y llamó a su viejo amigo. Quieren redimirse. Vuelven a los escenarios y, pronto, a componer. Regresa entonces el Londres de los callejones estrechos y los charcos en las aceras.

¡Puedes disfrutar de ellos en el SOS 4.8! La cita es el 6 y 7 de mayo de 2016 en Murcia. Puedes comprar tu entrada aquí!



jueves, 25 de febrero de 2016

Loquillo estará en el San San Festival 2016


El Sansan Festival 2016 ha cerrado un importante cartel de artistas de cara a su celebración, del 24 al 27 de marzo en Gandía (Valencia).

El último cabeza de cartel confirmado, Fangoria, se une a grupos de entidad como Loquillo, Izal o Supersubmarina. Igualmente, entre los grupos que se suman al evento se encuentra la cantante Carmen Boza, presentando su disco La mansión de los espejos.

A la presencia de Boza también podemos añadirle la actuación de artistas como Ángel Stanich, Corizonas, La M.O.D.A. o Second. Todos ellos compartirán presencia en marzo. También participa la banda de folk Nunatak.

En lo referente a la electrónica, se confirma la presencia de DJs que vienen a disfrutar del festival como Eme DJ. Del mismo modo, Marta Fierro se pone detrás de los platos para pinchar sesiones de la mejor música indie, funky o hip hop. También los Ochoymedio DJs harán bailar al público que acuda a esta cita valenciana.

Las entradas ya están disponibles en la página web oficial del festival. Con precios por abono para los cuatro días desde los 38 euros.

domingo, 25 de octubre de 2015

Us kids know


Comienza el siglo con una tormenta de nieve. Estás incomunicado. Enciendes la televisión y ahí está: un gilipollas habla de salvar el mundo. Van a empezar una nueva guerra. Y tú solo quieres cavar un túnel para encontrarte con tu chica. Te basta con eso. Ahora estás en Arcadia, con ella. No sabéis cómo llamaréis a vuestros hijos porque ya no recordáis el nombre de nadie. Os dejáis el pelo crecer. Pero todo es fugaz: de pronto, os vienen a la memoria vuestros padres. Tenían lágrimas en los ojos. Y vuestros amigos. Aquel amigo que ya nunca podrás volver a ver. Comenzáis a recordar aquellos días. El vecindario sigue igual, pero algo ha cambiado. Es el paso del tiempo conforme a la lírica de Win Butler. Se refugia en aquel amor de juventud, en aquel tiempo en que la palabra «pérdida» solo significaba un rumor para ti.

Les escribe versos a su chica, a su amigo, a su madre. El chaval abre los ojos desencantado, impotente por no poder hacer nada. Los arreglos, la voz, la melodía... el sonido es arrollador y efusivo. Acaban de formar un imperio musical. No caben las interferencias ni la impostura. Tienen nombre para su disco: Funeral (2004). Declaran sus intenciones desde el mismo título. La tristeza está ahí, pero ellos escapan de la depresión: «I like the peace in the backseat». Asisten como espectadores al espectáculo de la vida, de sus propias vidas. Y nos lo cuentan. Esto es a la música lo que al cine Richard Linklater y su Boyhood (íd., 2014). Sus canciones son cenizas de colores. Piden belleza. Piden amor. Deciden aferrarse a la esperanza para coger el coche y seguir conduciendo. Están en el camino y sin miedo. Le acaban de cantar de tú a tú a la muerte.

Ahora suenan las sirenas de policía. En los Estados Unidos siempre ha habido grandes maestros a la hora de diseñar zonas de desigualdad y marginalidad. Arcade Fire se convierte en ese muchacho aislado, incomprendido. Sabe quién es, conoce cuál es su sitio y dónde está su gente. Van directos a los suburbios porque ahí es donde crecieron. Así que recrean musicalmente esos espacios que comienzan a aparecer por aquí entre eficiencia y austeridad. Las mismas casas, las mismas calles, los mismos coches. Subvierten el american dream. ¿Por qué ahora todos miran a una pantalla adornada con una manzana? Observan la alienación mejor que nunca. Miran el mañana y ven lo mismo que hoy: nada. Y aparece un grito de rabia, pero también de esperanza. Reclaman aquella magia que les prometieron cuando eran críos. Cruzan las calles al anochecer y se escucha: «hey put the cellphone down for a while, in the night there is something wild, can you hear it breathing?»

La juventud se convierte en el edén de sus pensamientos. Recuerdan aquel primer beso y lo que vino tras él. El adiós a la inocencia. Lo que fue y lo que pudo haber sido: «Now the cities we live in could be distant stars and I search for you in every passing car». Han perdido la batalla y se sienten vacíos, pero no se entregan a la nostalgia. Sus ojos lucen ahora enérgicos, no van a rendirse. Aparecen los ritmos cambiantes e hipnóticos. Todo suena bizarro, imposible predecir la siguiente nota. A la resignación, tal como expone Spike Jonze en sus Scenes from the Suburbs (íd., 2011), le toca perder esta vez. No hay revoluciones ni romanticismo. Solo utopía. Entre las líneas de sus mejores canciones -Neighborhood #1 (Tunnels), Wake Up, Rebellion (Lies), No Cars Go, Suburban War o Deep Blue- se descifra su mensaje: chaval, no crezcas nunca.

jueves, 25 de junio de 2015

Nuestra (otra) historia: «Le Sel de la Terre»

«Al fin y al cabo, las personas son la sal de la tierra».

Harry Dean Stanton camina sobre el desierto yanqui, tiene la mirada perdida y su mente se presenta amnésica. Anda sin un rumbo fijo, desorientado. Es una de las muchas escenas -una de las mejores- que ha filmado Wim Wenders. Este siempre nos ha parecido un poeta obsesionado con la idea de retratar la odisea que, en definitiva, representa la vida humana. A través de sus fotogramas se nos muestra la deriva de la humanidad, personas desamparadas entre las líneas modernas que le rodean, buscando, de alguna manera, redimirse. Sus películas, las más de las veces, se mueven entre la belleza plástica y la emotividad más pura: Alicia en las ciudades (Alice in den Städten, 1974) y En el curso del tiempo (Im Lauf der Zeit, 1975) avecinaban maravillosamente a ese caminante errante perfilado por Sam Shepard y que tanto nos conmovió en la inolvidable Paris, Texas (1984). Son versos que emocionan sin sensiblería.

Lejos de todo esto, un geólogo da la buena noticia a mediados de los años setenta: aquí hay oro. Años después, una fotografía tomada sobre la brasileña mina de Serra Pelada nos trae a la memoria nuestra propia historia: «Si existía alguna esclavitud allí, era el afán de ser rico. Todo el mundo quería ser rico». Un racimo de personas cargan con un saco sobre su espalda. Pueden llevar tierra, pueden llevar oro. Todavía no lo saben. Tienen que trepar por las interminables escaleras antes de averiguarlo. Son personas que se alimentan de la fatiga… y coinciden en algo: luchan por un mañana mejor. Es la primera imagen de una obra volcada en retratar a los pobres de América Latina. La instantánea es fruto de Sebastião Salgado, una de tantas entre todas las que ha tomado a lo largo de su vida. Y él es, igual que Wenders, otro artista volcado en la idea de inmortalizar el espectáculo que, en sí mismas, representan las personas. Ellos captan, que no crean, emociones. Cambia el espacio y el tiempo, aunque el mensaje de ambos late a la vez.

El cineasta alemán, reconocido admirador del fotógrafo, decide unir estos universos paralelos. En los últimos años, prefiere, en sus películas, contar a crear. Ya no escribe ficción sobre la vida. Opta por documentar la historia de la vida. Cine y fotografía se estrechan así como pocas veces antes para mostrar una misma realidad. Ambos se observan mutuamente. Cambia, eso sí, el enfoque de la situación. Ahora será el brasileño, por primera vez, quien se ponga frente al objetivo. Acompañado por el hijo del protagonista, Juliano Ribeiro Salgado, homenajean la vida y obra de un tipo fascinante, cuyo carisma, junto a su palabrería y memorias, nos mantiene en todo momento cautivos en La sal de la Tierra (Le sel de la Terre, 2014). La película siente y expresa aquello que el fotógrafo encerró entre sus encuadres: la dignidad de la persona.

Un buen día, Salgado se olvidó de su carrera como economista, se despidió de su trabajo en el Banco Mundial y se compró el material fotográfico indispensable para retratar el mundo. Su principal protagonista, la dignidad, sin embargo, venía lastimada por la pobreza. O por las hambrunas. También por la guerra y el éxodo. Incluso por el olvido. Y él lo denuncia con su obra. Retrata a los parias de este planeta, desde la profunda latinoamérica hasta el Sahel pasando por el golfo Pérsico. Es un fotógrafo social que da fe del mundo en el que vivimos. Ha viajado, ha caminado, ha sufrido con ellos. Es difícil, sin embargo, escapar del horror cuando convives con él. El Coronel Kurtz no está solo. ¿Cómo puede tu mente habitar en la oscuridad? Algo de Salgado se quedó para siempre en la Rwanda de 1995, el año en el que enfermó. No era un virus. Era él perdiendo la esperanza en la humanidad, esa a la que tantas horas de su vida había dedicado.

Podría haber sido, entonces, uno de los tantos protagonistas a los que la imaginación de Wenders ha retratado en sus películas. Gente perdida, vacía emocionalmente, que vaga por el espacio físico en busca de una redención que no llega. Apareció, sin embargo, la inmensidad de la naturaleza. El fotógrafo huía de las personas y encontraba su abrigo en esta última. Wenders, por su parte, creador y estudioso de la (redención) misma, volcaba su mirada en el inesperado renacer de Salgado. Su alma se apagó entre los cadáveres que se agolpaban en las carreteras yugoslavas, entre los famélicos del África desértica, entre tanta miseria y desgracia. La denuncia social lo había marchitado. Pero volvió, tiempo después, para hacer las paces con el mundo. ¿Seguía confiando en las personas? Refugiado en el blanco y negro, le escribió una carta de amor a la naturaleza. A pesar de tanto terror, continuaba amando la vida. Aquí está todo ello filmado y fotografiado.


martes, 23 de junio de 2015

El «Konk» de The Kooks


Esta banda de Brighton sorprendía en 2006, a la par que Artic Monkeys, con su trabajo Inside In/Inside Out. Eran las nuevas caras del pop británico. Dos años después, sin embargo, recibían una lluvia de malas críticas con su segundo trabajo, Konk (2008). Este cargaba con la responsabilidad de, como mínimo, igualar el nivel de su antecesor. Se refugiaron para ello en Londres, fuente inagotable de creatividad musical. El disco se grabó en los Konk Studios, propiedad de uno de los mitos de la escena británica: Ray Davies. Y sí, en esa línea se mueven The Kooks. Hasta el título evoca a la genial banda londinense: Konk… y Kinks. Son los aventajados discípulos (a años luz de distancia, eso sí) de estos últimos.

El disco abre con See The Sun, una dulzona melodía bañada en la melancolía («and now she is there on someone else’s arms») que puede llegar a confundir. Presenta a sus compañeras de viaje, pero no descorre la cortina. El agitado pop nos golpea de pronto: Always Where I Need to Be. Suena con un toque salvaje. Es la antesala de la estupenda Mr. Maker, donde una mordaz letra se enreda entre la efusividad rítmica y la atrayente voz de Luke Pritchard. No es un mal comienzo. Enseguida llega la agresiva potencia de Do You Wanna. Suena más profunda, con un punto de distorsión que, además, muestra el tono, entre despreocupado y soberbio, de estos chicos: «Oh I came to tell you that your my favourite girl… Do you wanna make love to me? I know you wanna». Ahora van de estrellas, tienen fama, éxito… y sí, se lo pueden permitir.

El indie pop hubiese sobrevivido tranquilamente sin Gap y Love It All, dos mediocridades que dejan entrever, hasta cierto punto, las limitaciones de esta banda británica. La esquiva Stormy Weather, sin embargo, retoma el pulso del disco. El efusivo alboroto renace con ese estribillo tan pegadizo: «It feels like love, love, love». Lejos de esa línea se mueve Sway. Peca de blanda, parece escrita por un pelele. Menos mal que el siguiente track aletea hacia arriba de nuevo. Te contagias de la alegría que transmite Shine on, donde bucean por los entresijos del amor: «Safety pins holding up the things that make you mine about your hair, you needn’t care. You look beautiful all the time».

Recargan las pilas con Down To The Market. Un alegato en defensa de la despreocupación. Y, también, el adiós a su lado más enérgico. Las últimas tres canciones del disco, de hecho, muestran la ambivalencia de esta banda. La última, All Over Town, no nos dice nada. Pero las otras… se refugian en la sencillez, entendida esta en su mejor sentido. La primera, One Last Time, es una agradable balada que habla sobre the old days y aquellas tardes al salir del instituto. Anticipan la nostalgia que baña a la mejor canción del disco: «And so I’ll go, yes I’ll go, so I’ll take that train and ride hoping I can write her a rhyme, that might stop the tick of time». Es así como estos chicos se despojan de todo y cantan sin complejos en Tick of Time.

Al final nos queda un disco irregular -no han hecho historia con Konk- del que podemos recuperar, en todo caso, un buen puñado de canciones. Los Kooks tienen un sonido agradable. Igual es porque se miran hacia sí mismos sin miedo y escriben sobre lo que ven. Guardan, moraleja final, un chute vitamínico para terminar sonriéndole al desorden. Nada está en su sitio, pero todo desprende luminosidad.


lunes, 22 de junio de 2015

El mundo imperfecto de «Half Nelson»


¿Qué es la historia? Es el interrogante con el que abre Half Nelson (2006). Son las palabras que pronuncia un joven profesor al iniciar, precisamente, sus clases de Historia. Está aleccionando, en una escuela pública de Brooklyn, a chavales de 12 y 13 años de edad. Ninguno de los allí presentes, probablemente, alcanzará un nivel de renta que le dé para vivir de forma holgada. Casualidad o no, en el listado de alumnos no hay ni un muchacho blanco. Solo el profesor, quien lucha por abrirles los ojos. Un océano de vulnerabilidad le rodea. Pero no tiene miedo. Es una idealista. La historia es cambio, cuenta elocuente. Cambios que se producen a lo largo del tiempo. Son fuerzas opuestas, bien en minoría bien en mayoría bien en equilibrio, que luchan sin cesar entre ellas. ¿Puede un adolescente afroamericano tumbar la engañosa propaganda liberal que vende el cuento del self-made man? Claro que puede. Al menos, en su interior. El profesor piensa que el espacio para la transformación está abierto. En mitad de la lección, sin embargo, aparece la directora del centro. Viene, funcionaria de pro, a poner orden: cíñete al manual.

El 13 de septiembre de 1971, unos 1200 prisioneros de Attica State se amotinaron en la prisión y tomaron rehenes para negociar cambios en sus condiciones de vida. Denunciaban un trato, hasta la fecha, inhumano. El gobernador, Nelson Rockefeller, contestó ordenando la entrada del ejército en prisión. Murieron a balazos 29 prisioneros y 10 rehenes. Los asaltos policíacos han sido, desde la guerra de Secesión, la principal causa de violencia entre norteamericanos.
Ryan Gosling está de sobresaliente (¿su mejor actuación hasta la fecha?) al encarnar al personaje de Dan Dunne. Es un chico carismático y brillante. También, emocionalmente inestable. Es un tipo solitario. Mira a su alrededor y no le gusta lo que ve. Fuera de sus clases, en las que vuelca todas sus ilusiones, se siente desamparado. ¿Dónde está aquel sueño del que hablaban? A su decepción le pone voz Broken Social Scene con el tema Lover's Split. Se enreda en los lazos del sentimentalismo. Mira las viejas fotos de su familia, de su ex novia. No encuentra su sitio. Por eso, quizás, haya caído en el infierno de las drogas. Porque sí, es blanco, treinteañero, profesor... y adicto al crack. Una adicción descubierta, una tarde como otra más, por una de sus alumnas: Shareeka Epps, actriz descomunal que, curiosamente, no ha vuelto a encontrar ningún papel digno en la industria desde el estreno de esta película. Ella, por decirlo de alguna manera, cumple todos los requisitos para ser una afroamericana modélica conforme al ideario de George W. Bush y sus feligreses: residencia en barrio conflictivo, familia desestructurada, hermano en prisión y drogas en su entorno. Pues mira, estos dos náufragos tienen algo en común: sus vidas se abocan hacia el precipicio. ¿Acabará ella metida en ese submundo? ¿Logrará él escapar de allí? A todo esto, ¿cuándo comenzó esta lucha de gigantes?


El 11 de septiembre de 1973, la CIA ayudó a derrocar y asesinar al presidente chileno, democráticamente electo, Salvador Allende. Los militares provocaron, en los días posteriores, una desaparición masiva de ciudadanos. Hubo asesinatos y torturas de miles de chilenos bajo el mandato del dictador Augusto Pinochet. El secretario de Estado estadounidense, Henry Kissinger, estuvo implicado.
El mundo parece desesperante tal como lo ven Ryan Fleck y Anna Boden, autores del film. Se atrincheran en una cinta de bajo presupuesto para nadar a contracorriente. Tienen un solo cometido: escupir al sistema. No fuerzan, sin embargo, la opinión de nadie. Optan por la sutileza. Simplemente retratan la realidad que les acompaña. En la periferia, las calles están sucias. Los chavales trapichean en las esquinas. La nevera nunca está llena. Y las madres hacen turnos dobles día sí día también. Es lo que hay. Y tiene nombre: pobreza. Suele ir ligada a la delincuencia. Juntas, al final, explotan en una sola: marginalidad. Aunque no es solo eso. El guion va más allá, pues el discurso que lanza, gracias al personaje de Gosling, se mueve en líneas interclasistas: las clases medias estadounidenses no sufren de miseria material, pero sí se muestran presas del desafecto. Llueve desencanto en la Norteamérica del siglo XXI.


El 1 de noviembre de 1976, Harvey Milk fue elegido como consejero de San Francisco. Era el primer hombre, declarado abiertamente homosexual, electo para un cargo público. Apenas un año después, fue asesinado por otro miembro, Dan White. Este dijo en su defensa que le disparó porque se había dado un atracón de comida basura la noche anterior.
La película se mueve entre la esperanza y la desesperanza. Se atisba el sol al final de la tormenta. O no. Cada uno que decida por sí mismo. No hay buenos ni malos en la narración. El profesor que nos dice cómo debemos comportarnos es, sin embargo, la persona más autodestructiva del vecindario. El camello que ensucia sus manos, lejos de lo que pueda parecer, tiene corazón. No son, ni mucho menos, contradicciones. Al final, no todo es blanco o negro... ¿quién fue el que ordenó por primera vez la sociedad conforme a categorías dicotómicas? El film escapa de ello sin olvidar, como decíamos al principio, que todo -hasta el segundo más puñetero- está sujeto al cambio. Y pone la primera piedra. Decide agarrarse así a la amistad y a la educación, que no es poco, para luchar contra la imperfección.