jueves, 7 de mayo de 2015

Retrospectiva: Hal Hartley

El sueño americano en manos de Hal Hartley se queda en eso, en un sueño. Se olvida de la ilusión por el futuro y observa la realidad que le rodea. Alarga el presente, un presente imperfecto. Se siente joven y perdido. No entiende el mundo. Y es así como, siendo un desconocido, deslumbra en 1989 con su ópera prima, la fabulosa The Unbeliavable Truth. Haciendo un paralelismo con el título, casi se podría hablar, en su caso, de un talento increíble. Apenas tenía 30 años cuando el cineasta, natural de ese Long Island al que tanto gusta retratar, era capaz de arrastrar consigo a toda una generación que se sentía igual de perdida que él. Un presupuesto bajo, un plantel de semidesconocidos y mucha frescura en su puesta en escena le bastaban para materializar su intención de agitar conciencias: a su aclamado debut le acompañaron dos estupendas películas más, Trust (1990) y Simple Men (1992).

El desencanto y la apatía recorrían las venas de una juventud estadounidense contaminada por el virus de la desafección, icónicamente simbolizado en la figura de uno de los mayores sinvergüenzas de todos los tiempos, Ronald Reagan. Era en ese momento, justo en el que capitalismo comenzaba a dar indicios de su expresión más cruel, engreída y vulgar, cuando Hartley decidía erigirse en el poeta por excelencia de la clase trabajadora norteamericana. Escribía versos libres sobre náufragos errantes que andaban sin rumbo fijo por las aceras de Long Island, pululando en sus mentes la idea de mitigar su soledad e incomprensión por medio del afectuoso amor. Comenzaba de esta forma su colorida trilogía inicial. También se definía su fuerte idiosincrasia: personajes excéntricos, diálogos subversivos, cínico sentido del humor y ni un solo plano, ni uno, gratuito.

Sus protagonistas son antihéroes que no quieren dejarse llevar por la corriente. Se la sopla el dinero, la productividad y todas las payasadas mercantilistas. Buscan simplemente sobrevivir en medio de un entorno que se les hace hostil, extraño y violento. Todo les resulta frustrante. Las familias aparecen desestructuradas. Nada está en su sitio. La alienación tecnológica refuerza la individual apatía. El escenario -que viene a ser el mundo en sí- tiene un punto de estúpido y mediocre. Y nadie se pregunta el porqué. Hartley, al menos, responde. Lo hace de una forma caricaturesca. También ofensiva. Sus diálogos atacan al modernismo desde la extravagancia. Busca transgredir la norma, subvertirla, chocar con ella. Se ríe de todo ello por la vía de lo absurdo. Sus historias y sus personajes parecen venir de Júpiter, aunque, en el fondo, sean de aquí al lado. Es así como en mitad del terror social despierta un amor terrible. Pincela, con brocha fina, su universo de melancólico romanticismo.

The Unbeliavable Truth (1989)

– That girl is crazy.

– I know but I like her.

Una adolescente quiere cambiar el mundo, luchar contra gigantes. Qué típico. No quiere ir a Harvard. Acaba de dejar al yuppie de su novio. Y teme por la llegada de un invierno nuclear, recordando en la sombra aquel fatídico 26 de abril de 1986 en Chernóbil. Mientras esto sucede, un misterioso hombre que siempre viste de negro aparece por el vecindario. Acaba de salir de la cárcel. Regresa a su abandonado hogar de la infancia, en la periferia de Nueva York, en Long Island. Él solo quiere arreglar la casa, encontrar un trabajo tranquilo y leer libros durante la tarde. Sin embargo, colean dos asesinatos -su antigua novia y el padre de esta- en su expediente. Ni siquiera sabemos si es verdad. Y tanto da. Los vecinos pronto recelan de él. Acaba de provocar un terremoto en forma de rumores.

A la estupenda Adrienne Shelly, en cambio, le da igual. Se enamora de Robert Burke, de su simpatía, de sus enigmas y hasta de su celibato. Están fuera de lugar, incomprendidos. El mundo se cae a trozos, los suburbios americanos se bañan en la melancolía y ellos... en fin, a lo suyo.

Trust (1990)

– I respect and admire you.

– Is that love?

– No, that’s respect and admiration.

Otra adolescente, esta vez tontita y preñada, sueña con casarse con su novio -un garrulo cuya máxima aspiración es ser alguien en el fútbol americano- mientras le suelta a su padre su idea final: va a abandonar el instituto para formar un hogar con el garrulo en cuestión. Al hombre lo mata -literal- del disgusto. No muy lejos de ella vive el tipo más raro del lugar. Lee a Tolstoi y siempre lleva una granada en el bolsillo de su americana. Se gana el pan arreglando electrodomésticos. Sin embargo, se niega a poner sus manos sobre una televisión: son el opio del pueblo, piensa.

La noche cae mientras en una vieja casa se encuentran estos dos vagabundos. Ella es nuevamente Adrienne Shelly, recital. Él aparece allí medio deprimido, medio suicida. Como siempre. Escupe al mundo porque no le gusta lo que ve. Se refugia en los libros, en su introversión. Es Martin Donovan, “peligrosamente sincero”. Son las dos pinceladas que dan forma a un Long Island carcomido por la televisión, anestesiado sentimentalmente y preso del desafecto. Se sienten vulnerables, quieren escapar de allí. El vacío se adorna, en cambio, con lo de siempre. Hartley no solo vuelve a retratar lúcidamente las estructuras que rigen a la clase trabajadora estadounidense, sino que, en un repunte de originalidad y frescura, imparte cátedra, sin sensiblerías ni cursiladas, en el tema más manido de todos: el amor.

Simple men (1992)

– Be good to her, and she’ll be good to you.

La novia de Robert Burke no termina de quererlo. De hecho, se la acaba de pegar. Por partida doble además. El amor de su vida lo ha dejado… en mitad de un atraco que él mismo había ideado. Ni chica ni dinero. Está jodido: trouble and desire. Es la tragedia de la vida, cuenta. Con esas aparece por allí su hermano menor, Bill Sage. Busca a su padre, una antigua estrella del béisbol reconvertido a anarquista revolucionario que lleva 20 años escondido. En el camino acaba de quedar prendado de Holly Marie Combs, sensual colegiala que decide ayudarlo. Tiene un nombre y un lugar. Juntos, los hermanos, se dirigen hacia Long Island.

Tienen los bolsillos tan vacíos como su corazón. El mayor dice que se quedará para siempre con la siguiente rubia que encuentre en su vida... y claro, Karen Sillas aparece en escena. En su expediente colean más derrotas de las que uno podría imaginar. Al pequeño le hace gracia la rarita de Elina Löwensohn, quiere enamorarse de una puñetera vez. Han alterado, entre los dos, las líneas maestras de un pequeño pueblo de interior. Son los suburbios norteamericanos. Van en busca de su padre y, por el camino, quieren hacer su revolución: propagan el amor romántico como cura frente al caos. La narración se llena de náufragos mientras en el ambiente se palpa una extraña naturalidad. Diálogos para enmarcar. Suena Sonic Youth y todos bailan en una escena que firmaría, con algo más de ritmo, el propio Tarantino. Los vagabundos de esta narración no dicen nunca “te quiero”. Tampoco hay acaramelados besos ni cursis discursos. Les basta una mirada. Es cine subversivo, mordaz, romántico. Es muchas cosas más. Y todas son buenas.

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