martes, 26 de mayo de 2015

The Smiths: «The Queen is Dead»

Si Liverpool tuvo a los Beatles y en Londres emergieron los Kinks, ¿qué sucede con Manchester? Cualquiera que haya estado por sus calles, se habrá dado cuenta de que esta ciudad, cuna industrial del capitalismo, es una ciudad de músicos. Música al aire libre, en la calle. Música en locales nocturnos. Y un grupo, dentro de la historia de esta ciudad, adquiere una resonancia especial. Podría ser Oasis, o podría ser Joy Division. Pero tenemos nuestros gustos. Hablamos, pues, de The Smiths.

La historia de los Smiths es una historia de temperamento, de mala cabeza y de sangre caliente. Es la historia, en definitiva, de Morrissey. Misántropo, raro, irónico, excéntrico. ¿Qué se puede decir de él que no se haya dicho ya? La sociedad no parecía caerle bien. Apenas tenía 23 años cuando, sin embargo, llamó a su puerta un joven muchacho cinco años más joven que él. Era Johnny Marr, y tenía la ilusión de conformar un grupo. Junto a Andy Rourke y Mike Joyce fundaron la que, hoy en día, se considera una de las bandas más célebres de la historia de la música. Son una de las banderas que ondea en lo más alto del panorama musical indie, de los años 80 y del universo pop británico. Todo ello en apenas cinco años, porque eso fue lo que duraron, musicalmente hablando, los Smiths. En el camino dejaron, eso sí, cuatro álbumes incontestables. Morrissey canaliza todo su estridente universo por medio de sus letras y composiciones, abriéndose al mundo a través de la música. Así, corría el verano de 1986 cuando The Smiths lanzaba su tercer álbum. Hablamos de The Queen is Dead (1986), la obra elaborada en plena madurez creativa del grupo mancuniano. Considerado por muchos como el mejor disco de esta mítica banda, lo cierto es que la lírica de Morrissey y el talento de Johnny Marr dieron como resultado un trabajo sensacional que suponía el punto álgido en la carrera de estos chicos inmortalizados frente al Salford Lads Club.

«Cause tonight is just like any other night, that’s why you’re on your own tonight with your triumphs and your charms, while they’re in each other’s arms». Es el naufragio de Morrissey, plenamente abatido, solitario y desamparado emocionalmente en I know it’s over. El cantante se destripa emocionalmente a sí mismo. Busca abrigo y consuelo en su madre. Sentir calor. Es un paseo por el dolor, con reminiscencias, incluso, hacia el suicidio (el mar que lo llama, el cuchillo). Todo resulta muy turbio. La soledad impera en su vida, el amor dice no ser para él y la amargura lo devora. Considerada como una de las canciones más tristes de la historia, es también uno de los mejores temas de este disco. La incomprensión pronto deja lugar a la efusiva alegría de Cemetry gates, canción simplona pero pegadiza en la que Marr se luce en los arreglos mientras Morrissey aprovecha la ocasión para rendir homenaje a la literatura, en general, y a Oscar Wilde, en particular, al tiempo que lanza un dardo envenenado a todos aquellos críticos que le habían acusado de plagio en sus letras. Todo ello sucede en «a dreaded sunny day so I meet you at the cemetry gates».

Provocativos y contundentes, así suenan en la irónica Bigmouth strikes again cuando dicen aquello de «sweetness, sweetness I was only joking when I said I’d like to smash every tooth in your head». En ella transmiten tanta rabia como frustración. Un punto de vigor, sobre todo brindado por Marr, antes de que Morrissey vuelva a venirse abajo con uno de sus temas favoritos: el amor no correspondido. Estamos pues en The boy with the thorn in his side, canción de sonido alegre pero de letra plenamente melancólica. Otra obra maestra más. Morrissey sigue aislado y reclama su parte de alegría, de felicidad. Y así, de un modo tan agitado emocionalmente, llegamos a la mejor canción del disco. A ella le han reservado el noveno puesto de la lista. Una balada romanticona titulada There is a light that never goes out. Un clásico elaborado conforme a la lírica moderna que desprenden letras como «and if a double-decker bus crashes in to us, to die by your side is such a heavenly way to die. And if a ten ton truck kills the both of us, to die by your side well the pleasure, the privilege is mine». El cine la inmortalizó a través de la enamoradiza escena de 500 Days of Summer. Y una vez escuchada, nos preguntamos: ¿alguien puede superar esto?

Las canciones de los Smiths llegan para quedarse. La guitarra de Marr le pone ritmo al verdadero corazón de este grupo: la lírica de Morrissey. Es un poeta, un joven perdido en su tiempo que encauza sus angustias e incomprensiones a través de sus letras y sus composiciones. Escribe sobre el amor, sobre el odio, sobre la vida como pocos antes lo han hecho. Lo hace mezclando la efusividad con el desamparo. Una colorista tragedia que, particularmente en este disco, suena de forma estupenda.

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