jueves, 4 de junio de 2015

A veces pasa: Rodriguez

Un dulce no hace mal a nadie. Por eso nos gusta Searching for Sugar Man. Cuando solo llueven sucesos desagradables y tragedias de todos los tamaños, cuando la impostura miserable (¿algún día abrirán con alguna noticia feliz?) es la que se impone en el bombardeo mediático... cuando eso sucede, aparece Malik Bendjelloul en nuestras vidas. Tiene 35 años y es natural de Suecia. Arrastra consigo, probablemente, más de un problema. Una depresión le atormenta desde hace un tiempo. Pero disimula, se esfuerza por sonreír. Parece como si quisiera dejar listo su precipitado testamento antes de partir. Una lanza de optimismo en forma de documental. Quiere transmitir ilusión y esperanza. Tiene una buena historia que contar.

Y lo hace muy bien. Es un narrador de primera. Nos reclama sin disimulos. Un hombre cualquiera, veinteañero pongamos, camina por las frías calles de Detroit. La ciudad parece decaída, su ánimo también. Las oportunidades no se le presentan, las chicas le descentran y él, entre tanto, busca a sugar man. Se detiene en las esquinas y vive en las aceras. Es una sombra más de la gran ciudad. Tiene, eso sí, algo de particular: es un letrista estupendo. Convierte su mundo, el mundo marginal y periférico que le rodea, en poesía. ¿Logrará triunfar? Publica dos discos a lo largo de 1970 y 1971. Ellos son Cold Fact y Coming from reality. No le tiene especial cariño a la fama. No le gusta ser el foco de atención. Vive entre la timidez y la introversión. El éxito, en consecuencia, se desliza entre sus dedos. Y con independencia de todo ello -ajeno al maná mercantilista- su arte sigue ahí, intacto.

Aun así, situémonos: una revolución ha estallado en los Estados Unidos. La primera impresión es que los jóvenes solo se dedican a dos cosas... drogarse sin receta y practicar el amor libre. Los papás más puritanos se alarman mientras le preguntan al infinito si su país se viene abajo o no. Hasta el más fascista de todos maldice haber metido a "sus chicos" en Vietnam. Por supuesto, el establishment aguanta bien las embestidas. Los chavales lo han intentado... y han perdido. Arrastran consigo, pues, el aire romántico que acompaña a la derrota. Se han creído que pueden luchar contra gigantes porque, simplemente, llevan la razón. No basta con eso. Sin embargo, en los pequeños locales estadounidenses ya no hay marcha atrás. Suenan las armónicas y se imponen las guitarras acústicas. La gente presta atención a las letras. A su modo, reivindican el despertar de la conciencia.

Aunque a los modernos les quede bien decir ahora que nuestro protagonista es mejor que Dylan... bien, solo diremos que Dylan llegó antes. Comparten, eso sí, la lucidez para desenmascarar a quienes se esconden entre las tinieblas. Luego ya, para gustos colores. De Rodriguez podemos decir que nos persuade hasta su silencio. Tiene un punto bohemio, faltaría. Le pone voz a la desesperanza con tal de transformarla: «Cause how many times can you wake up in this comic book and plant flowers?». Reclama un futuro mejor. Escribe versos libres sobre calles desangeladas y rótulos de neón, sobre pobreza y marginalidad, sobre putas y drogas. También, sobre el amor perdido. Miles de náufragos gritan entre sus líneas. Explota en mil pedazos la crudeza que le envuelve. Y suena bien: Sugar Man, I'll Slip Away, Crucify Your Mind, Inner City Blues, I Wonder, Like Janis, I Think of You, Cause...

Es difícil no triunfar con este talento. Aunque no sea en los Estados Unidos ni en Europa. El lugar es Sudáfrica, allí donde una minoría blanca todavía excluye a una mayoría negra. El mensaje liberador del cantautor resonaba a miles de kilómetros de distancia y con un océano de por medio. Él ni se enteró. Nosotros tampoco. Pero llegó el cine... No sabemos si su ego se ha inmutado ante la avalancha de piropos que se le ha venido encima. Sospechamos que no. Le debe, en cualquier caso, eterno agradecimiento al gran anónimo que le dio la oportunidad de redimirse. Hitchcock no hubiese resuelto la intriga mejor que él. Mérito, pues, con nombres propios: Malik Bendjelloul y Sixto Rodriguez. Pocas veces el cine y la música se han cogido de la mano tan fuerte como lo hacen aquí.



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