martes, 1 de marzo de 2016

Poesía del caos: The Libertines


«What became of the dreams we had?»

La culpa de todo la tuvo Julian Casablancas. ¿Quién le mandaría publicar aquel monumento titulado Is This It? Lo hizo en 2001, y la polvareda que levantó tras de sí no era cualquier cosa. ¿Los Estados Unidos coloreándole la cara a Inglaterra? Se van a enterar estos yanquis, pensaron en la isla. Es el orgullo anglosajón. Algún productor oteó el mapa musical británico de los últimos años en busca de El Dorado. Y por allí andaban unos chavales haciendo sus cosas. Vivían en el East London cuando todavía las inmobiliarias no se mataban por redecorar las sucias esquinas de por allí, en Hackney, justo donde la City termina y ya lejos de St. Paul. Hacía un tiempo que vagaban por pisos deprimentes, financiándose a duras penas el alquiler, las maquetas y el vicio. Nueva York estaba a punto de perder la batalla frente al Londres más mugriento y degradante que hayas conocido jamás. Los ingleses habían dado con la mezcla idónea entre los Smiths y los Clash.

La pose, habitantes de un eterno after, iba perfecta para lanzarse al estrellato: cuerpos flacuchos, vestimentas desaliñadas, actitud desenfadada y adicciones varias, que siempre le da un punto extra al asunto. Del bajo y el batería poco se ha dicho, silenciados por los otros dos componentes del cuarteto... pues resultó que Carl Barât dominaba a su antojo las cuerdas de la guitarra. Estaba en su corazón. Era puro nervio. Esta sonaba efusiva, caótica. Aquello era un tornado que acompañaba a la inventiva de uno de los grandes malditos de todos los tiempos: Pete Doherty y sus líricas composiciones. De tanto leer a Baudelaire algo se le quedó. Además, aquello le venía estupendo: el mundo (o Inglaterra) no era un lugar agradable conforme él lo sentía. Los picazos le hacían la depresión más llevadera. Eran el yin y el yang. Poeta y guitarrista. Y sonaron fantásticos en el anfetamínico y meteórico Up the Bracket (2002).

Llegaban para quedarse. O eso creíamos. Doce canciones cortas, sin frenos y de una dureza apropiada. La algarabía estaba servida. Difícil igualar el nivel de Time For Heroes, en la que Doherty se permite el lujo de reivindicar un mundo marcado por las diferencias clasistas y donde todo rezuma una vulgaridad obscena. ¿Ingleses vistiendo con gorras de béisbol? «Its not right for young lungs to be coughing up blood». Acordes para enmarcar. Es su primer gran himno. Una vez escuchada, no te la vas a quitar jamás de la cabeza. Una de tantas. Son ruidosos, pero emotivos. ¿Te arrepientes de haber iniciado aquella pelea en la que te inflaron a puñetazos? Escucha una oda a los psicotrópicos: la sórdida Up the Bracket. Siguen escupiendo poesía callejera en la antológica (y compleja) Death On The Stairs. Los versos libres se tallan así entre hermosas melodías: Boys In The Band. También hay energía, rabia y contundencia en I Get Along... cañonazos sin fin. Todo está tan mal que vale la pena jugársela: cartas boca arriba. La autodestrucción se intuye desde el primer minuto. Al menos, eso sí, les queda la música. O eso nos cuentan en The Good Old Days: «If you've lost your faith in love of music, oh the end won't be long».

Lo tenían hecho. Pero su éxito reposaba en el desamparo. Y, al final, nada bueno puede salir de ahí. El romanticismo de Doherty comenzó a descarriarse. Ya no soñaba con volver a Arcadia. Le bastaba una jeringa para calmar a sus demonios. Barât sabía que el final estaba cerca y luchaba contra el tiempo. Así, mientras bailaban en la cornisa en una tarde de viento, compusieron uno de los mejores discos de la pasada década, The Libertines (2004). Sembraban autodestrucción y crecía la emoción. En el desagradable Londres que habitaban las cosas no habían cambiado en los dos últimos años: «Poor kids dressing like they're rich, rich kids dressing like they're poor» cantan en su Campaign of Hate. Siguen golpeando, pero ya no es lo mismo. Han perdido músculo y nervio. Se sienten débiles y se refugian en unas melodías más suaves y dulzonas. Los guitarrazos se cargan de nostalgia para acompañar a unas letras hirientes. Tienen la mochila preparada antes de partir camino hacia la incertidumbre: Music When The Lights Go Out, What Katie Did y What Become Of The Likely Lads. Tres piezas tan monumentales como tóxicas. Y la cosa acaba donde comienza, en Can't Stand Me Now: «Cornered the boy, kicked out at the world. The world kicked back a lot fuckin' harder».

Después... unos puntos suspensivos interminables que contienen turbiedad de primera clase. Eran demasiado sentimentales como para sobrevivir en esa jauría de lobos. El final previsible lo marcaba un suicidio, o una sobredosis. Los fans -fetiches perdidos para este tipo de asuntos- hubiesen llorado y exaltado la figura de sus adorados Libertines. Pero no. Doherty cambió el guion. Se ha rehabilitado. Ya no le gusta la adicción como forma de vida. Está limpio (o eso da a entender) y hasta escribe columnas purificadoras en The Independent. El físico, la prueba del algodón, habla por sí solo: está hinchado y se nota que ha luchado en mil batallas... aunque, eso sí, sigue igual de lúcido que siempre. Por eso descolgó el teléfono y llamó a su viejo amigo. Quieren redimirse. Vuelven a los escenarios y, pronto, a componer. Regresa entonces el Londres de los callejones estrechos y los charcos en las aceras.

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