lunes, 8 de junio de 2015

Kiss and run... «The Myth of the American Sleepover»

We used to go out on the summer nights and dance in the neon rain
We used to hold hands at the movie show but we'll never hold hands again
Do do do do do come on

Those days are gone You and I were young those summer nights
You'll see the world diving for a girl you'll never find
and then we'll quietly grow old: the saddest story ever told.

The Saddest Story Ever Told, The Magnetic Fields

En algún momento de tu vida, cuando has perdido la batalla con tu barriga, cuando tu historial sentimental está para que lo revise un psicoanalista, cuando tu pelo comienza de repente a clarear, entonces (solo entonces) vas y te pones nostálgico, y comienzas a escribir sobre aquel viejo amor de juventud, sobre aquel verano, sobre lo bien que lo pasabas con tus amigos bebiendo, fumando, bebiendo y fumando. Eso, es lo primero que llama la atención en este género: las películas teenagers no las escriben ni dirigen, precisamente, unos adolescentes.

Peter Bogdanovich tenía 31 años cuando estrenó La última película (The Last Picture Show, 1971). A George Lucas le sumábamos ya 29 primaveras cuando sentó cátedra con American Graffiti (1973). Nuestro dios pagano favorito, Richard Linklater, tenía 33 tacos cuando escribió Movida del 76 (Dazed and Confused, 1993). Y Gregg Mottola, ni más ni menos que 45 cuando se puso tontorrón en Adventureland (2009). A todos ellos rinde homenaje David Robert Mitchell, cuarentón con pintas de acabar de salir del instituto, con su The Myth of the American Sleepover (2010), un minimalista intento por recuperar aquella noche. ¿De qué noche hablamos? Fácil, pues esa en la que vuelves al drive-in y suena Lou Reed mientras besas a tu chica y sí... lo sabemos, hemos caído en la trampa.

Es la última noche del verano en Detroit. Dos chicas toman el sol en la piscina. Cruzan varias miradas con los chavales. Pasean con sus bicicletas. Todo está tan ordenado que asusta: las amplias calles, la casa con el jardín y la sonrisa de tu vecina. Algo tiene que pasar, aunque no tienen prisa. El mundo no acaba esa noche. El cineasta se agarra así a la ambigüedad y reclama la eterna adolescencia. Es la segunda contradicción del cine de teenagers: su mensaje tiene un público amplio. Todo parece atemporal. No existen las redes sociales ni los teléfonos móviles. Una fotografía todavía es una fotografía. Y aún apuntas los números de las chicas en tu brazo.

El paisaje que pincela Robert Mitchell puede que cambie de protagonista, pero no de mensaje. Tanto da que seas un chaval que acaba de tener pensamientos turbios con la rubia del supermercado, como otro que sigue dándole vueltas a por qué hostias lo dejaría su novia. Nos da lo mismo una fiesta en la piscina que un viaje en coche. Cambia todo, menos el qué. Suben las pulsaciones y aparece la conexión. Al final, es lo mismo de siempre: regresar a aquel instante.



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