domingo, 25 de octubre de 2015

Us kids know


Comienza el siglo con una tormenta de nieve. Estás incomunicado. Enciendes la televisión y ahí está: un gilipollas habla de salvar el mundo. Van a empezar una nueva guerra. Y tú solo quieres cavar un túnel para encontrarte con tu chica. Te basta con eso. Ahora estás en Arcadia, con ella. No sabéis cómo llamaréis a vuestros hijos porque ya no recordáis el nombre de nadie. Os dejáis el pelo crecer. Pero todo es fugaz: de pronto, os vienen a la memoria vuestros padres. Tenían lágrimas en los ojos. Y vuestros amigos. Aquel amigo que ya nunca podrás volver a ver. Comenzáis a recordar aquellos días. El vecindario sigue igual, pero algo ha cambiado. Es el paso del tiempo conforme a la lírica de Win Butler. Se refugia en aquel amor de juventud, en aquel tiempo en que la palabra «pérdida» solo significaba un rumor para ti.

Les escribe versos a su chica, a su amigo, a su madre. El chaval abre los ojos desencantado, impotente por no poder hacer nada. Los arreglos, la voz, la melodía... el sonido es arrollador y efusivo. Acaban de formar un imperio musical. No caben las interferencias ni la impostura. Tienen nombre para su disco: Funeral (2004). Declaran sus intenciones desde el mismo título. La tristeza está ahí, pero ellos escapan de la depresión: «I like the peace in the backseat». Asisten como espectadores al espectáculo de la vida, de sus propias vidas. Y nos lo cuentan. Esto es a la música lo que al cine Richard Linklater y su Boyhood (íd., 2014). Sus canciones son cenizas de colores. Piden belleza. Piden amor. Deciden aferrarse a la esperanza para coger el coche y seguir conduciendo. Están en el camino y sin miedo. Le acaban de cantar de tú a tú a la muerte.

Ahora suenan las sirenas de policía. En los Estados Unidos siempre ha habido grandes maestros a la hora de diseñar zonas de desigualdad y marginalidad. Arcade Fire se convierte en ese muchacho aislado, incomprendido. Sabe quién es, conoce cuál es su sitio y dónde está su gente. Van directos a los suburbios porque ahí es donde crecieron. Así que recrean musicalmente esos espacios que comienzan a aparecer por aquí entre eficiencia y austeridad. Las mismas casas, las mismas calles, los mismos coches. Subvierten el american dream. ¿Por qué ahora todos miran a una pantalla adornada con una manzana? Observan la alienación mejor que nunca. Miran el mañana y ven lo mismo que hoy: nada. Y aparece un grito de rabia, pero también de esperanza. Reclaman aquella magia que les prometieron cuando eran críos. Cruzan las calles al anochecer y se escucha: «hey put the cellphone down for a while, in the night there is something wild, can you hear it breathing?»

La juventud se convierte en el edén de sus pensamientos. Recuerdan aquel primer beso y lo que vino tras él. El adiós a la inocencia. Lo que fue y lo que pudo haber sido: «Now the cities we live in could be distant stars and I search for you in every passing car». Han perdido la batalla y se sienten vacíos, pero no se entregan a la nostalgia. Sus ojos lucen ahora enérgicos, no van a rendirse. Aparecen los ritmos cambiantes e hipnóticos. Todo suena bizarro, imposible predecir la siguiente nota. A la resignación, tal como expone Spike Jonze en sus Scenes from the Suburbs (íd., 2011), le toca perder esta vez. No hay revoluciones ni romanticismo. Solo utopía. Entre las líneas de sus mejores canciones -Neighborhood #1 (Tunnels), Wake Up, Rebellion (Lies), No Cars Go, Suburban War o Deep Blue- se descifra su mensaje: chaval, no crezcas nunca.

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